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2 de abril de 2010

INSOMNIO TELEVISIVO


Las imágenes en movimiento producen sobre mí un efecto hipnótico. Me paro frente a la pantalla del televisor y ésta me absorbe. Me abduce. La imágenes van pasando una tras otra en un encadenamiento infinito vaciado de significación. La imagen televisiva ha perdido toda intensidad, porque en ella la imagen sólo transita para dar paso a otra imagen y a otra, y a otra que también estarán desprovistas de intensidad, porque su finalidad es sólo favorecer un ethos hiperrealista fascinado por los hechos, los acontecimientos, lo directo, las novedades y el espectáculo. Seguiré ahí frente a la pantalla cada vez más desvelado. Cierro los ojos e intento recordar la última imagen que retuve. Se me entremezclan las imágenes y no sé a cual imagen le corresponde su todo. Los fragmentos se multiplican y se dispersan en una explosión imaginaria. No hay duda, estoy atrapado por esa máquina de comunicar que no comunica y, que poco a poco, me va transfigurando en un cuerpo sin órganos, o tal vez, en órganos sin cuerpo…

Las imágenes proyectadas por la televisión se me presentan como la instauración de una  nueva utopía que construye hombres y mujeres sin interior, despojados de sí mismos, reducidos a la exclusividad de unas imágenes que simulan una cierta transparencia que hace, por ejemplo, de los horrores más despreciables un evento espectacular. Pero no importa, porque esos horrores pasan de forma excesivamente apresurada ante nuestra retina y no alcanzan a fijarse en nuestra memoria más que como eventos cargados de trivialidad. Por lo tanto, ya no hay memoria porque ésta es constantemente vaciada y vuelta a llenar a partir de una profusión inimaginable de nuevas imágenes, de nuevos acontecimientos que se relatan en vivo y en directo, seguidos inmediatamente, por las argumentaciones que entrega el periodista de turno. Nuestra visión y nuestro pensamiento comienzan a estar cada instante más colonizado, desposeído de toda condición crítica, avasallado por un conjunto de categorizaciones hipercoherentes que, a través de una retórica televisiva, pretende representar la vida en la pantalla.

La televisión nos quiere a su lado; y para ello se ha despojado de cualquier requerimiento, exigencia o imposición. La televisión no necesita de los elementos que las otras mediaciones necesitan: el libro requiere cierta concentración, la radio necesita de la atención auditiva, el cine necesita de la oscuridad. Por el contrario, la televisión sólo necesita que la enciendan. Una vez encendida, su encadenamiento audiovisual genera una sensación de cercanía y aprensión. El televidente se encuentra inmerso en una red de significaciones que le son conocidos. Como señala Beatriz Sarlo, “de todos los discursos que circulan en una sociedad, el de la televisión produce el efecto de mayor familiaridad: el aura televisiva no vive de la distancia sino de mitos cotidianos”.

Plagados de una cotidianidad que se repite sin obstáculos, sin preocupaciones, las narrativas televisivas van elaborando sujetos y subjetividades ahistóricas, atemporales. Así, a través de la instalación de un presente perpetuo, la televisión nos transforma de   sujetos sociales a entes abstraídos. Nuestra mente social y colectiva deviene en una mente individual cooptada por una  máquina-electrónica que nos satura de imágenes condenadas a satisfacernos ante la ilusión de lo real.

Las narrativas televisivas, al estar vaciadas de todo sentido, actúan sobre el registro simbólico cobijadas por su condición larvaria. Esto es, la televisión está condenada a complacer. Un espantapájaros está ahí para asustar a los pájaros, alejarlos del campo donde está enclavado, mientras que el más terrible de los programas de televisión está allí para atraer a los televidentes. Así, como señala Jean Baudrillard, “La televisión es una imagen que ya no sueña, que ya no imagina, pero que tampoco tiene nada que ver con lo real.” Todo referente debe ser borrado, tachado, hecho desaparecer para que el acontecimiento sea aceptado y absorbido en la pantalla mental de la televisión.

Estoy ahí… atrapado por la infinidad de imágenes que se suceden unas tras otra, sin poder dormir,  insomne… objetivado en mi propia individualidad; contemplando todos estos efectos de comunicación que, como nos ha enseñado Baudrillard, “sólo es en el fondo un guión forzado, una ficción ininterrumpida que nos libera del vacío, el de la pantalla, pero también del de nuestra pantalla mental, cuyas imágenes acechamos con la misma fascinación. La imagen del hombre sentado y contemplando, un día de huelga, su pantalla de televisión vacía, será algún día una de las más hermosas imágenes de la antropología del siglo XXI.”

24 de marzo de 2010

“PERDIDOS EN LA TRIBU” O LA DERROTA DE LA ETNOGRAFÍA



La discusión teórica-metodológica acerca de la etnografía ha sido un debate que ha estado presente de forma sistemática en la antropología, desde la primera edición de Los Argonautas del pacífico occidental, en 1922, de Bronislaw Malinowski. La aparición de este libro dio inicio al método etnográfico empírico, convirtiendo a Malinowski en el padre fundador del trabajo de campo, al mismo tiempo que inauguró un cuestionamiento epistemológico desde y sobre el trabajo de campo antropológico que nos acompaña hasta nuestros días. 

Aunque la definición de etnografía ha variado en función  de las diversas perspectivas teóricas, todas ellas poseen una base común que refiere a una metodología de obtención de datos que se funda en conceptos como emic, observación participante y la prolongada permanencia en el lugar. A partir de esas ideas se ha construido el mito del antropólogo camaleónico, mimetizado a la perfección en sus ambientes exóticos, como un milagro andante de empatía, tacto, paciencia y cosmopolitismo. Si esta imagen ya había sido debilitada por los grandes nombres de la disciplina (Malinowski, Geertz, Clifford, entre otros) el empujón final se lo da la televisión.

“Perdidos en la tribu” es un reality del canal 4 de España, en el que tres familias conviven con tres distintas tribus “primitivas” de lugares remotos. A lo largo de veintiún días “deben aprender a sobrevivir y convivir con las costumbres de las tribus (…) enfrentándose a extraños rituales, a una desagradable dieta diaria o a un entorno particularmente hostil”.(1)  Las familias españolas luchan por ser aceptadas y “convertirse en uno más de la tribu”. 

No voy a profundizar acerca de la construcción que se hace del otro porque bastante se ha escrito al respecto y ya habrá mejor pretexto para reflexionar acerca de la construcción de la otredad. Como pasa tan menudo, este programa presenta al “otro” como un constructo y una excusa para hablar de nosotros mismo.

Es cierto que los objetivos que los etnógrafos tienen cuando van a terreno son diferentes a los de estas familias que van a concursar por un premio en metálico y sin duda el gancho del programa radica en extremar las situaciones embarazosas por las que tienen que pasar los españoles. Aún así, lo que consigue es desmitificar la idea del encuentro como una instancia que necesariamente implica la generación de conocimiento. Por el contrario, el encuentro acentúa las desigualdades políticas entre visitante y anfitrión y todos los desencuentros que ello acarrea.

Si la etnografía, como lo señala James Clifford, produce interpretaciones culturales a partir de intensas experiencias de investigación que se fundan, básicamente, en la observación participante que obliga a sus practicantes a experimentar, a un nivel tanto intelectual como corporal, las vicisitudes de la traducción; entonces el estar allí se constituye en la pieza angular de una autoridad etnográfica. Por lo tanto, lo que provoca este tipo de programas es el debilitamiento de la autoridad etnográfica, puesto que el discurso etnográfico ya no puede construirse sólo y exclusivamente desde la descripción de las relaciones intersubjetivas que se  dan al interior de un encuentro. Por otra parte, “Perdidos en la tribu” nos revela que la experiencia etnográfica no puede sustentarse exclusivamente en la simulación de un encuentro que se desmorona ante la insistencia de una convivencia que “sobrevive en una antietnología cuya tarea es la de volver a inyectar diferenciaficción entre los salvajes”.

De ahí que “Perdidos en la tribu” se configura como subsidiara de aquella etnografía  (o  mala etnografía) que sólo da respuestas circulares y vacías a preguntas y actos circulares y vacíos. Es, en última instancia la derrota de la etnografía, la destrucción de la imagen del etnógrafo. La pregunta viene de súbito: Y, ¿ tiene alguna importancia la destrucción de la imagen del etnógrafo? Importa cuando uno ha sustentado toda la validez científica de una disciplina en base a una práctica y no en base a una epistemología. Si no es así, uno puede tranquilamente usar el control remoto.

(1) http://www.cuatro.com/perdidos-en-la-tribu/que-es/

19 de marzo de 2010

"PUNTO PELOTA" O EL NEOLIBERALISMO DISCURSIVO DEL FÚTBOL



El fútbol es un juego altamente estructurado que posee un conjunto de reglas que objetivan y norman su práctica. Dentro de esta estructura los jugadores tienen la posibilidad de desplazarse y crear subjetividades, es decir, crear movimientos particulares y propios que hacen que  los jugadores sean vistos como individualidades al servicio de un colectivo (el equipo). Así, hablamos de Maradona, Pelé o Messí como sujetos dotados de cualidades que a veces nos seducen, maravillan o cautivan,  y en otras, nos defraudan, decepcionan o disgustan. Es sobre esas cualidades acerca de las que los fanáticos del fútbol generan una enorme cantidad de discursos acerca de la práctica del fútbol.  Por otro lado, están los medios de comunicación de masas, en especial la televisión, que se han posicionado como instituciones que mediatizan las transformaciones socioculturales que se desarrollan en las sociedades posmodernas.

Ahora bien, la producción discursiva que realizan en los programas de televisión dedicados a comentar el fútbol “transforma el acontecer futbolístico en un texto y lo pone en el formato del evento espectacular”.(1) Se construye entonces, toda una serie de  discursividades que, a sabiendas o a ciegas, positivan en la pantalla un conjunto de ideologías, prácticas y saberes que, en última instancia, subyacen bajo la creencia que sólo estamos hablando de fútbol. Por lo tanto, al hablar de fútbol inevitablemente también dejamos entrever otras manifestaciones que se encuentran arraigadas en los sujetos y por extensión en la sociedad en su conjunto.
Es evidente que hoy en día la práctica del fútbol profesional se ha transformado en un evento mediático, esto es, “una realidad futbolística instituida y creada por los medios (en especial la TV, aunque no exclusivamente), que hegemoniza resignificando los planos tradicionales en que se había desarrollado el fútbol”.(2)  El fútbol mediático es ese fútbol-mercancía, donde los criterios del mercado se constituyen como el factor más relevante en la articulación del evento deportivo, es decir, “el mercado y los medios han impuesto el criterio de la rentabilidad a corto plazo, el éxito inmediato y el costo mínimo”.(3)

A partir de esos criterios, que no son otros que los criterios del capitalismo neoliberal, se elabora toda una circulación inacabable de oferta de espectáculos, informaciones y productos futbolísticos que transitan en los medios. Este es el caso del programa Punto Pelota de la señal Intereconomía de España y que sale al aire de domingo a jueves pasada de la medianoche. El programa, que posee una escenografía que busca simular el camarín de un equipo de fútbol, está compuesto por un presentador, una mujer (que lee los mensajes de texto que envían los teleespectadores) y seis o siete contertulios, en su mayoría periodistas deportivos mezclados con algunos ex-futbolistas. El formato del programa se estructura como una suerte de debate en donde se discuten puntos de vista con respecto a determinadas jugadas, partidos, etc. Ahora bien, la forma en que los discursos de los panelistas adquieren sentido dentro del programa, se estructuran, en su mayoría, bajo una mirada mercantil de la actividad en el que futbolistas y entrenadores son inscritos bajo criterios mercantiles, y los hinchas son reemplazados por el ideal del espectador-consumidor.

Así, los discursos acerca del fútbol que emergen desde los medios de comunicación de masas, se configuran como máscaras modernizadas de la implantación neoconservadora. Se apela al progreso, a la eficiencia e incluso a la moral para glorificar un capitalismo radical “sin más ley que la del beneficio máximo, capitalismo sin freno ni disimulos pero racionalizado, llevado al límite de su eficacia económica gracias a las formas modernas de dominación”. (4) De ahí que el fútbol como pasión dominante, se constituye en un espacio discursivo donde sintetizar la ideología neoliberal “que hace del dinero la medida de todas las cosas, del valor de los hombres y las mujeres en el mercado de trabajo y en todas las dimensiones de la existencia”.(5) 

(1) Eduardo Santa Cruz. 2001 “Mediatización y vida cotidiana: el caso del fútbol” En Investigación y crítica Nº 7, Santiago de Chile: Universidad ARCIS, p. 35.
(2) Ibíd.: 42
(3) Ibíd.: 42
(4) Pierre Bourdieu. 2002. Pensamiento y acción. Buenos Aires: Libros del zorzal, p. 30.
(5) Ibíd.: 35.